La primera vez que oí de Teresa de Calcuta fue con motivo de la concesión a su persona del Premio Nobel de la Paz. Hasta entonces me había mantenido ayuno respeto a su figura y obra. Tampoco valoré la nominación. Los premios de la Academia sueca, o noruega, nunca llamaron mi atención. Bastante más adelante me interesé por la vida y obra de Teresa de Calcuta a raíz de las declaraciones de un escritor francés, Dominique Lapierre. Reportajes y publicaciones, algunos con tintes polémicos, tuvieron la virtud de acercarme a la ingente tarea desarrollada por la fundadora de las Hermanas de la Caridad.
Quedé deslumbrado y sorprendido por la magnitud de su trabajo y, sobre todo, por el ambiente tan hostil en el que se había desarrollado. Convivir con la muerte de los más miserables y trasegar todo el día entre el hedor de la pobreza más absoluta no está al alcance de cualquiera. Se necesita un estómago a prueba de bomba, una determinación por encima de los límites de la razón y una capacidad de trabajo y sacrificio inalcanzable para el resto de los mortales. Y una fuerza interior excepcional. En mi ignorancia simplifiqué tales condiciones a la acción divina. Pese a la ausencia de fe siempre he considerado que, si Dios existe, todo Le está permitido aunque la razón humana nunca llegue a comprender ni el sentido de Sus decisiones ni los medios utilizados.
Mi mayor sorpresa respecto a la obra de Teresa de Calcuta llegó con la publicación de sus cartas privadas recogidas en el libro “Ven, sé mi luz” editado por el sacerdote Brian Kolodiejchuk. Estaba o al menos eso creía, preparado para todo tipo de revelación sobre Teresa de Calcuta. Para lo que no estaba preparado en absoluto era para descubrir que llevó a cabo toda su labor en medio de un atronador “silencio” de Dios. Al principio creí que no entendía muy bien el debate suscitado pero a medida que avanzó la polémica caminaba de sobresalto en sobresalto. ¿Cómo admitir que una persona ya beatificada en olor de santidad había dudado de la existencia del mismísimo Dios? ¿Cómo aceptar que acometió todo su intransitable camino sin ningún tipo de ayuda por parte del Todopoderoso? ¿De dónde sacó entonces sus inagotables fuerzas?
Adquirí un ejemplar y me propuse indagar en las incógnitas que llamaron a las puertas de mi razón. Estas pasadas navidades completé la lectura que acompañé de numerosas notas a medida que avanzaba en las reflexiones y vivencias de la propia Teresa de Calcuta. Pensé en publicarlas en este rincón de Club de Perplejos pero debo confesar que no he tenido valor para hacerlo. ¿Quién soy yo para enjuiciar o intentar comprender los pensamientos de quien ha acometido y llevado a cabo lo que no podría pensar en hacer por mí mismo? Creo que de manera acertada he resistido la tentación de deslizarme por berenjenales teológicos para los que no dispongo de la más mínima preparación. A lo que no me resisto es a contarles que ha sido una experiencia muy gratificante. Y a recomendarles la lectura de “Ven, sé mi luz”. Al menos la suya ha alumbrado una parte de mi camino. Tus designios, Señor, son inescrutables. Ciertamente.