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 09/07/10 @ 03:29 AM CEST

IL PLEUT DANS MON COEUR COMME IL PLEUT SUR MA VILLE

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        Pese a la insistencia de mi amigo Paco, no tengo claro que la estrofa que encabeza el presente artículo pertenezca a un poema de Paul Verlaine. Si estoy seguro, en cambio, que ambos la descubrimos juntos. Entre las paredes de la clase de francés impartida por aquella pizpireta profesora que nos encargó comprar seda una vez que supo que viajábamos a Melilla dentro del grupo de alumnos del Colegio Menor Mediterráneo. Tan inocente que nunca pudo sospechar que el revuelo formado a su alrededor para decidir sobre el muestrario de telas fue ocasionado porque se le había desprendido el botón superior de su blusa. ¡Aquella visión del inicio de unos senos tan níveos y livianos a nuestros 15 años!
 
        En todo caso hoy yo también puedo decir que llueve en mi corazón como llueve sobre la casa. Incluso puedo considerar que lo hace en los mimos términos del poema. En el primero de los escenarios, mi corazón, las gotas vienen acompañadas de melancolía y una cierta dejadez; un déjà vu que coquetea con una sensación de distancia o ausencia. La lluvia sobre la casa no es más que el insistente recordatorio del largo invierno o, quizá,  el anuncio de una impaciente primavera. Es posible que sea la misma nube porque el repicar de su fruto es tranquilo, sosegado. Un tamborileo apenas perceptible. Llueve como si mi corazón y la casa hubiesen acompasado sus necesidades.
 
        Algunas ráfagas, suaves, descargan sobre proyectos amontonados en el rincón. Como si fuesen el preludio a su entrada en el reino del olvido. Como si reclamasen entre la delgada cortina de agua una postrer mirada antes de proclamar, sin rencor, su adiós definitivo. Como si formasen parte de un imposible amor, carcomido por la rutina y el implacable dictamen del silencio. Como si a la tranquila ensoñación acudiesen solícitos los versos de José Hierro: “Después de todo, todo ha sido nada, / a pesar de que un día lo fue todo. / Después de nada, o después de todo/ supe que todo no era más que nada.”

        Il pleut porque llegó la estación de las lluvias. Esas que se presentan puntualmente a su cita para recordarnos que la luz del sol no es un aullido interminable; que los paisajes grises y sin sombra son los mismos que confundimos con el Paraíso cuando Afrodita, Ícaro o cualquiera de los inquilinos del Olimpo nos enreda con sus artes y conjuros. Llueve porque en algún momento, en cualquier situación, bajo la más insulsa o picante de las circunstancias, sentimos gotas de agua en nuestros corazones deshabitados. A veces coinciden con el ritmo y la cadencia de la lluvia que divisamos a través de las ventanas del hogar.


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