Poco a poco, como corresponde, se abre paso entre la bruma: ya somos demasiados los grillos que cantamos a la luna. Y entonces aprecias la reflexión de aquél viejo sabio, ya desaparecido, que te advirtió sin alharacas ni ínfulas pretenciosas; una de las características de las épocas de crisis es la sobreabundancia de escritos. Entonces no le prestaste atención pero hoy en día ya es otra cosa. Contemplas la proliferación de bitácoras, Webs, blogs en Internet, el aumento exponencial en la edición de libros de todo tipo, la presencia omnímoda de discursos, comentarios, discusiones, panegíricos, ditirambos, diatribas y comprendes. Algo confuso pero lo comprendes; el aumento geométrico de las palabras en una época dada es directamente proporcional a la dimensión de la crisis en una sociedad.
También descubres, algo tarde, lo acertado de la sentencia de aquél otro sabio despistado al que le dio por imaginar que solo existían dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Sobre los límites del primero mantenía serias dudas. Es verdad que sobre la segunda no elaboró ninguna fórmula magistral del tipo E=mc2 y que hubimos de conformarnos con sus observaciones de la vida cotidiana. Pero ¿si en su época ya advirtió sobre el insufrible nivel de majadería de los homínidos qué conclusiones hubiese sacado de habitar nuestro mundo en la actualidad? Que recuerde, en el tiempo que le toco vivir no existió nada parecido al conjunto de conceptos que forman el ideario de lo políticamente correcto que engloba hoy por hoy el mayor índice de imbecilidad alcanzado por el ¿desarrollo? humano.
Rescatas y desgranas tu admiración por aquél poeta que murió lejos de España. “¿Quién lee diez siglos en la historia y no la cierra/ al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha?/ Los mismos hombres, las mismas guerras, /los mismos tiranos, las mismas cadenas, /los mismos farsantes, las mismas sectas/ ¡y los mismos, los mismos poetas.” Pero si siempre ha sido así, ¿qué sentido tiene reincidir experiencias y qué inevitable condena es la que atenaza al ser humano obligado, como en “La invención de Morel”, a repetir la misma situación siglo tras siglo, generación tras generación? ¿De qué nos vale acumular conocimiento con la vana pretensión de no cometer los mismos errores, los mismos horrores?
En medio de la travesía permanezco atado al mástil mientras escucho, en los límites de la locura, el indescriptible canto de las sirenas. Hace tiempo que perdí el rumbo de Ítaca y la última Penélope de la que tuve noticias pertenecía a la canción desesperada de un cantautor catalán. Siento, sin embargo, algo parecido a un aroma de esperanza que me llega desde el otro lado de la orilla. A veces pierdo el rastro del perfume o lo confundo con la fragancia de la fantasía. Cuando abandonemos este escenario en donde resuena la irreal sinfonía del viejo mundo pediré a mis remeros que me desaten, que pongan rumbo al Sur. A fin de cuentas yo nací en África.