Enfrascado como estoy en el estudio de las matemáticas a las que no hice caso cuando me correspondía por sexo, edad y condición, ahora tengo serias dificultades para encontrar las diferencias entre un algoritmo y un logaritmo (y si es neperiano más aun). A riesgo de parecer pedante adelanto que algoritmo es “una lista bien definida, ordenada y finita de operaciones que permite encontrar la solución a un problema”. Logaritmo, en cambio, es “el exponente al que un número fijo, llamado base, se ha de elevar para lograr un número dado”.
Resulta obvio que mis capacidades matemáticas son igual o menor a menos cero. Pero intento aplicarlas a la construcción literaria. Hace poco tiempo descubrí las teorías de un sacerdote polaco (además de filósofo, físico y cosmólogo), Michael Heller, que predica en el desierto una de las verdades que me resultan más evidentes: “las matemáticas son el lenguaje de Dios en el Universo”. Si tal aserto es cierto, la construcción literaria debe mucho a las matemáticas puesto que uno de los motivos intrínsecos de la creación artística es aproximarse al Creador (para agnósticos respetuosos, como el que esto escribe, y otras especies recomiendo la contemplación del techo de capilla Sixtina en Roma).
Y, ahora, si me permiten una cariñosa parodia de mi admirado Guillermo Cabrera Infante, ha llegado el momento de extenderme sobre “el chowcito – y ahora tengo que explicar qué es el chowcito.” En mi caso referido a algoritmos o logaritmos (incluso si son neperianos). Siempre he depositado una inmensa fe en series de concatenación de elementos que conducen a un resultado determinado. Lo que ya me resulta más complicado de distinguir es la diferencia entre una lista bien definida, ordenada y finita de operaciones que me transporten a una solución y la potencia a la que debo someter una determinada circunstancia vital para obtener un final aceptable.
Formulado de otra manera: Hasta que punto debo aceptar si me conformo con estudiar los algoritmos que se producen sin intervención personal o si intento alterar los hipotéticos desenlaces de un proyecto mediante la aplicación de iniciativas propias. En forma aun más resumida: ¿Me aplico a descifrar los mandatos de los dioses y acepto que fijen mi destino o me rebelo contra sus designios e intento robar su fuego? El final de Prometeo no invita al optimismo.
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