Dicen los que entienden de estas cosas que hablar de proyectos en asuntos, presuntamente, literarios o artísticos trae mala suerte. A este axioma se aferran los protagonistas del mundillo cultural para evitar hablar de todo tipo de productos relacionados con la industria del entretenimiento o los artesanos del entramado creativo. Lo aplican tanto a un guión cinematográfico como a un estreno teatral, un cuadro, un musical o una renovada visión de la eterna lucha entre el bien y el mal.
Neófito como soy en este tipo de situaciones no me queda más remedio que optar por la ortodoxia y respetar unos principios que siguen a rajatabla cuantos viven en ése peculiar universo. Con las cosas de comer no se juega y si ellos son tan respetuosos de estas pautas de comportamiento, avaladas por siglos de historia, no seré yo quien ose desafiarlas. Tengo muy presente el castigo de Prometeo como para rebelarme contra el mandato de los dioses.
Así que si los profesionales de la cultura afirman sin pestañear que hablar de bocetos antes de acometerlos es una forma segura de invocar al fracaso, me permitirán que me someta a este peculiar mandamiento y no les hable del proyecto de libro sobre Club de Perplejos. No creo que traicione ningún otro precepto si les adelanto que todo cuanto en él figure procederá de los textos publicados en la página Web a lo largo de sus dos años de existencia. Solo invoco los consejos de Dédalo a fin de evitar el destino de su hijo Ícaro. Espero no caer en la tentación de la vanidad en mi nueva andadura. La cera que ensambla mis alas es de una calidad francamente mejorable.
Antes de entornar la puerta de Club de Perplejos me gustaría confesarles una reflexión muy personal. A lo largo de la dilatada experiencia de su publicación, he tenido la ocasión de acercarme con más detenimiento a autores a los que había leído poco y, ahora lo he descubierto, mal. Quiero realizar un sencillo homenaje a Maimónides, San Agustín y Sören Kierkegaard que, de alguna forma, han presidido cada cita semanal. Se que no es fácil leerlos y encima comprender sus escritos en su totalidad. Al menos para una mente tan poco preparada intelectualmente como la mía. Pero me siento orgulloso de haber superado la dificultad de su lectura y he descubierto que me han proporcionado un nuevo horizonte respecto a mi formación.
Gracias asimismo a Harold Bloom (crítico literario estadounidense) aprendí a ver desde otro ángulo las grandes creaciones literarias de nuestra historia. Desde Cervantes a Shakespeare pasando por Dante, Goethe o Emily Dickinson, su Canon occidental me reveló claves sorprendentes. Por desgracia ahora me he acostumbrado a los clásicos y me resulta sumamente engorroso adentrarme en los meandros de la literatura contemporánea. Quizá a ustedes les pueda servir de advertencia: quienes caminan, sin apartarse, por la senda que abrió Homero, no se pierden en best sellers de conspiraciones templarias. Gracias por su atención.
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