De entrada he de decir que tenía abierto un archivo con este título. El archivo tenía nombre pero nada más: la idea clave no me parecía que diera para escribir quinientas palabras. Pero gracias a Condoleezza Rice la cosa da para más y me he puesto a darle forma a la idea.
Resulta que esa chica dura a la que llaman Condi nos ha honrado, por fin, con su visita. Leo en la prensa que en su fugaz paso por estas tierras ha sido obsequiada tanto por el Gobierno como por el principal partido de la oposición con sendos regalos. El ministro Moratinos ha hecho gala de casticismo con un mantón de Manila, mientras que el señor Rajoy se ha decantado por una colección de discos de Teté Montoliú. No me digan que no está servida la paradoja: los supuestos españolistas optando por el jazz catalán y los supuestos federalistas manteniendo las esencias patrias. ¡Vivir para ver!
Seguramente se preguntarán qué tiene que ver todo esto con el título de esta croniquilla. Pues bien, como dice ese hermoso bolero que es Corazón loco, aquí va mi explicación. Hace unas semanas escuché ese hermoso tango “abolerado” (o ese bolero “atangado”, no estoy seguro de que sea tango o bolero) que se llama La noche que me quieras. Al oírlo recordé la noche en que tuve la fortuna de ver al bueno de Teté Montoliú interpretar una preciosa versión de dicha pieza.
Corría el año 1980 y todavía vivía en Málaga. Desde mi primera juventud empecé a sentirme cautivado por la magia de la ciudad de Granada, a donde solía venir cada vez que encontraba un pretexto. El pretexto en este caso se llamaba Camino, que aparte de ser la obra cumbre del creador de la Obra de Dios era el nombre de una chica navarra que había tomado el camino del sur harta, según me contaba, del aburrimiento y de las tensiones de su Pamplona natal. En una de mis visitas resultó que el ciego Montoliú actuaba en el recinto Manuel de Falla, construido enlo que los pedantes llamarían el marco incomparable de la Alhambra. Teté y los dos morenos que lo acompañaban bordaron el concierto, que concluyó con su interpretación de La noche que me quieras. Aunque peque de retórico tengo que decir que me quedé extasiado al escucharla. Cierro los ojos y puedo ver al señor Montoliú sentado al piano con la vista (es un decir) levantada, a un negro calvo, alto y flaco acariciando su contrabajo y a otro negro, más bajito que el anterior, manejando con maestría y levedad sus escobillas y marcando impecablemente el ritmo.
Años después volví a escuchar en vivo a Teté Montoliú. Por aquel entonces vivía en Madrid (yo, no Montoliú) y la actuación fue en el Café Central. El maestro Montoliú mostraba un grado de ebriedad más que evidente y no le acompañaban los dos morenos del concierto de la Alhambra. Me gusta el Café Central y me gusta la música de Montoliú, pero en esta ocasión estuve lejos del éxtasis. En todo caso, un recuerdo agradecido al señor Montoliú por su música.
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