El sol se recostaba en el horizonte. Esperaba junto al estanque de un templo del Alto Egipto, me encontraba dichosa y maravillosamente sola. El cielo, rosa y morado, se extendía hacía arriba a partir de un brillante punto rojo del horizonte. Una brisa cálida me impregnó la piel como si fuera una pasión antigua. Las piedras del templo resplandecían y reflejaban el sol como un espejo de ámbar. Esperaba en silencio la salida del lucero de la tarde. Me estremecía de emoción, era una sensación próxima a la divinidad y la locura.
Con cuanta frecuencia he visto que aquello que uno desea se desborda a menudo hasta volverse irreconocible, que la pasión que en frío suscitamos llega a poseernos con mayor delirio que si hubiese sido auténticamente sentida.
Cerré los ojos y sin saber como, me sentí transportada a otra parte, volaba hacia un lugar desconocido y a mis pies un mundo de lucecitas. Misteriosamente la oscuridad que me había acompañado se transformó en un marco planetario grandioso y lleno de orden, la belleza era tal que mis ojos encendidos al compás de mi mente no querían ni por un instante dejar de percibir tanta belleza en expansión infinita.
Los rayos solares atravesaban cada rincón, convirtiéndolo en un gran reloj de sol. Por la noche la luna incitaba al rumor del mar y todo se convertía en una morada mágica suspendida en el cosmos. Apenas le vi aparecer se me dibujó un nuevo semblante como cuando la primavera, empujada por el blanco céfiro, renueva la faz devolviendo la juventud.
Allí estaba él, leyendo un libro sobre no sé que mundo. Me acerqué lentamente ocultando mi desconcierto, sintió mi presencia y se inclinó para darme un beso, al percibir su contacto me estremecí levemente, me acarició el cabello con ambas manos, me abrazó suavemente y me besó los labios. Tomó mis manos en las suyas y me las guió para que yo le abrazara a él. No sólo era un extraño sino que ahora yo misma era una extraña para mí y sin embargo, tenía la sensación de conocerle de una forma esencial y tranquilizadora.
Mi temor se disipó para dar paso a la pasión, él había creado en mí un apetito antes no existente. Me sentí llevada de nuevo a grandes distancias, estaba cambiada. Había permitido que alguien traspasara las bien guardadas puertas de mi intimidad y penetrara en lo más hondo de mi ser, de tal manera que no quedaba ningún límite. Me aferré a él como si no quisiera perderle, pero desaparecería y desapareció. Aquella noche aprendí dos cosas, la perfección de un momento y su fugacidad.
El pasado se desvaneció con la luz matinal y mis deseos y recuerdos se disolvieron en la tiniebla de las necesidades presentes. Aún me quedaba algo de él, mi cabello como bella guirnalda seguía estando algo trenzado. Sí, había sido real, no fue un sueño, juntos, fundidos y entrelazados habíamos volado y tocado con nuestros dedos las estrellas y transformados en ellas mismas.
El mismo anhelo cósmico ordena la deslumbrante paradoja ambientada en nuestro paseo por el tiempo, capaz de oponer la irrenunciable vigilia de los destellos aturquesados entre Polaris y Próxima Centauri. Eternizar el presente es el anhelo sumo.
Aviso importante: Imponderables varios han impedido recibir el texto de María Atrevença para esta semana. Estoy seguro de que los que que seguimos sus reflexiones quedaremos recompensados con el de su próxima cita. Pero no olviden que, con motivo de las vacaciones de Semana Santa, la página no renovará sus contenidos hasta el sábado 14 de abril.
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MÁS ALLÁ DEL SOL
Escrito por:
Anonymous sobre
03/25/07 @ 07:39 PM CEST
Tiene una gran capacidad fabuladora que, convenientemente trabajada, nos puede deparar relatos bellísimos.
Te deseo todo lo mejor. Seguiré leyéndote.