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 Bienvenido(a) a Club de Perplejos
 09/07/10 @ 03:19 AM CEST

LO SIENTO. REALMENTE NO ERA MI INTENCIÓN

   

                             
 
 
                Antes que nada debo manifestar que nunca fue mi intención menospreciar o ridiculizar los avances del conocimiento científico. Ni mucho menos defender la primacía del planeta de los sentimientos sobre el universo de la razón. Los chamanes, brujos o asimilados nada tienen que agradecerme porque desde hace tiempo, con las dudas y escepticismo propios de un perplejo, ubiqué mi hogar intelectual en la parcela del pensamiento. Desde esa perspectiva pido disculpas a quienes hayan podido sentirse ofendidos por mi comentario de la pasada semana sobre el amor y su fecha de caducidad.
 
                No soy médico, ni bioquímico ni nada que se le parezca. ¡Qué más quisiera! Pero tampoco un entusiasta exclusivo de la ciencia como única explicación de nuestras acciones. Ignoro si en el futuro todos nuestros actos podrán explicarse por la carencia o sobreabundancia de determinados péptidos u hormonas en el plasma sanguíneo o el sistema nervioso. De ser así, me alegrará no haber hecho pacto alguno con ningún diablo para garantizarme, como el judío u holandés errante (hay diferentes versiones), la inmortalidad. Me resultaría sumamente extraño a mi formación y cultura que, ante una crisis de pareja, la solución consistiese en acudir a la farmacia con una receta para adquirir la dosis apropiada de oxitocina y vasopresina que garantizasen mi estabilidad matrimonial.
 
                Confieso que no he seguido los avances, sobre todo en los últimos 50 años, sobre investigación del cortex cerebral, el sistema límbico o la importancia del hipotálamo en el proceso amatorio. La primera persona a la que escuché relacionar el amor con la química fue a Severo Ochoa. Entonces era demasiado joven, impertinente e ignorante y cometí la imprudencia de ridiculizar, en privado, las reflexiones de uno de los mejores científicos que ha dado nuestro país. En el pecado llevé la penitencia y el paso del tiempo me descubrió cuanta razón anidaba en los planteamientos del Doctor Ochoa.
 
                Como ligero y modesto homenaje a su memoria me he interesado por los artículos ligeros de divulgación (ya no soy tan joven, pero sigo siendo igual de ignorante) sobre los componentes químicos de la relación amorosa. O para ser más precisos por la actuación de los mismos durante la fase de enamoramiento, consolidación y ruptura del amor. Algunas de las teorías que he leído me han arrancado una sonrisa. Otras me han hecho reflexionar y han incrementado mi curiosidad por los misterios del funcionamiento de nuestra mente y organismo.
 
                Casi sin querer algo he aprendido sobre testosterona, neurotransmisores, dopamina, norepinefrina, feniletilamina y endorfinas. Pero algo en mi interior me dice que todo eso, con ser mucho, no lo es todo. Quizá José Hierro nos habló de ello en su último poema “que más da todo/ si todo es igual a nada”. El amor y sus derivados son algo más, creo, que la tabla periódica de elementos y dosis considerable de compuestos químicos despendolados por nuestras glándulas suprarrenales. Es posible y seguro que los conocimientos científicos ayudan a comprender muchas de nuestras pautas de comportamiento, pero aún nos resta un largo trecho hasta descubrir el mecanismo y los componentes del combustible que mueve el mundo. Nuestro mundo.
 

P.D. Quisiera aprovechar la ocasión para agradecer la labor de divulgación que realizan muchas páginas Web que abordan el mundo científico. En éste caso recuerdo la gratificante lectura de un artículo de Francisco Muñoz de la Peña en El Rincón de la Ciencia, revista digital del IESS, Victoria Kent.




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