Conocí y llegué a amar Sangre y Trabajadero gracias a mis amigos, mis amigos siempre atorrantes. No estoy seguro de ello pero creo que la primera vez que lo probé fue con mi editor y, sin embargo, amigo. El padre de Pepe tenía un pequeño almacén frigorífico en el puerto de Málaga, en la zona llamada de Pescaderías, desde el que abastecía de pescado y marisco a pescaderías, bares y restaurantes. En parte se aprovisionaba en el Puerto de Santa María, lugar de Cádiz famoso por su penal, por ser la cuna de Alberti y por sus vinos y brandies. Junto a las delicias del mar el padre de Pepe solía traer alguna caja de un oloroso seco de las bodegas Cuvillo: Sangre y Trabajadero. En nuestras correrías juveniles no fue del todo raro que se le distrajera alguna que otra botella de esa maravilla de color ámbar oscuro con ese nombre tan rotundamente taurino.
Además del frigorífico mencionado había otros dos sitios en la Málaga de entonces en los que lo servían, disponiendo en ambos casos de barriles que contenían dicho oloroso seco. Uno de ellos era una muy pequeña tasquilla propiedad de un gitano viejo de la calle Cruz Verde, cercana a la facultad en la que estudiaba y a la que solía ir con mi amigo Luis. Luis es de los pocos casos que conozco de desclasamiento voluntario que se ha mantenido a lo largo del tiempo: siendo de familia “bien”, católica y conservadora, se hizo comunista militante y se puso a trabajar en oficios diversos y ha ido viviendo como un currante típico.
El otro sitio era también una tasca, pero bastante más grande, mas pomposa y, por supuesto, mas cara que la del gitano de la Cruz Verde. El nombre que le pusieron, Lo Güeno, es un ejemplo de lo que supongo que algunos pretenden con eso de utilizar la ortografía propia de las llamadas “hablas andaluzas”. A esta tasca empecé a ir algo más tarde, cuando ya disponía de más posibles. A diferencia de la anterior esta tasca siguió abierta (aún lo está) y, cuando dejé de vivir en Málaga, se convirtió en casi un rito el pasarme por allí para tomarme una copa de Sangre y Trabajadero y una tapa de callos a la andaluza, picantitos.
En Lo Güeno había un camarero ya mayor, Miguel, parco en palabras, que me reconocía aunque hubiera pasado mucho tiempo sin ir y que, con un ligero gesto de interrogación con su cabeza, parecía preguntarme cuando aparecía por la puerta: ¿lo de siempre?, a lo que yo respondía con otro ligero gesto de afirmación con mi cabeza: ¡por supuesto, gracias! Como no hay gozo que cien años dure, un mal día el bueno de Miguel me dijo que no podía servirme mi vino. No llegué a enterarme muy bien, pero me parece que las bodegas Cuvillo habían pasado a manos de los Ruiz Mateos y que con la expropiación y posterior reprivatización aquello ya no funcionaba como Dios manda. Una vez que Miguel se jubiló deje de tener motivos para mantener mi rito.
Leyendo una novela escrita por Fernando Savater, “Caronte aguarda”, me encontré con la sorpresa de que su protagonista era un amante declarado del Sangre y Trabajadero, lo que hizo elevar mi aprecio por ese bizco feo que parece estar siempre sonriendo. Espero que él pueda seguir disfrutando con un Sangre.
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