Es el comienzo. Un estudio científico de la Universidad de la Ciudad de Nueva York ha confirmado que la adicción a los programas de cotilleo y a las telenovelas ocasiona declive mental y deterioro en las habilidades cognitivas, memoria y fijación de atención. Por ahora la mencionada encuesta se ha limitado a analizar las consecuencias de estas preferencias televisivas en personas mayores de 70 años. Pero ha abierto el camino. En menos de una década se investigará en una de las sociedades que ofrece una mayor riqueza en lo que los expertos, sociólogos y esnobs llaman segmentos de población, perfiles de audiencia, targets, shares y otras historias. El paraíso de la banalidad, la mediocridad y la grosería más extendida a través de los canales de televisión: España.
En ningún otro país del mundo se ofrece una muestra tan variopinta de programas tan llenos de vulgaridad, personajes y situaciones que lindan con el inframundo social, individuos que venden a padres, madres, secretos de alcoba o que desnudan cuerpo y mente por los cinco minutos de gloria que le corresponde en la ecuación desvelada por Andy Warhol. Un descomunal Retablo de las Maravillas. Peluqueras, carniceros, actores y artistas, ginecólogos, nobles sin nobleza, toreros, folclóricas, cajeros, vagos, maleantes, cocainómanos, meretrices, maltratadores, vendedoras de virginidad, cornudos, empresarios y empleados desfilan ininterrumpidamente por Corazones de Primavera, de Otoño, rebozados en Salsa de Tomate o Rosa, se encierran con el ojo vigilante del Gran Hermano o se transmutan en desopilantes oficiantes de Crónicas Marcianas y se ahogan en el vertedero de un imaginario Missisippi.
En ningún panorama televisivo del mundo es posible encontrar a unos oficiantes tan integrados y mimetizados con la mercancía que ofrecen. Escudados en el paraguas de la profesionalidad (¡cómo si eso pudiese disculpar a los carceleros de Auschwitz o Vorkutá!) alardean de conocer tanto a la sociedad española que se consideran los únicos intérpretes de sus preferencias en materia de gustos sobre imágenes e historias de casquerías y mediocridades. Dignos representantes de la excrescencia que ofrecen se hacen los ofendidos si alguien cuestiona sus métodos y formas de sobrevivir en tan infesta jungla. Los hay, incluso, que con fervor de cruzados conversos se lanzan, como modernos Torquemada, a la persecución y rehabilitación de fumadores.
¿Recuerdan la historia del vaquero de Marlboro? Aquél que, después de una dura jornada de enlazar caballos salvajes o conducir la manada de vacas, se recostaba en la silla de montar, ante una fogata perfecta y encendía un cigarrillo. El humo se mezclaba con el horizonte idílico de las montañas de Nevada. Acabó demandando a las tabaqueras por el cáncer que padeció después de pasarse años incitando a fumar a generaciones de medio mundo. Quizá algún día contemplemos en nuestro país a toda una legión de presentadores, paparazzi, famosos, periodistas de corazón y de cartera, aquejados de declive mental y adicción a los “programas basura” demandar a las Productoras para las que trabajaron durante tanto tiempo y que tanta notoriedad les dieron. ¿Se lo imaginan?
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