Debió ocurrir allá por los años setenta. Cuando la irrupción de los Beatles, el nacimiento de la cultura pop y los primeros pasos del “hippismo” nos llevó de bruces a descubrir aspectos desconocidos del Imperio Británico. Hasta entonces habían sido la Pérfida Albión y los responsables del hundimiento de la Armada Invencible. Y Zarra ¿o fue Gainza? le infligieron una humillante derrota en el Mundial de Fútbol de Brasil, en el estadio de Maracaná.
Pero the times they are changing y, poco a poco, el inglés desplazó, lenta pero inexorablemente, al francés y nos familiarizamos con usos y costumbres anglosajonas. Viendo en un bar la televisión de entonces, seguimos un acto con la Familia Real al completo. Se me ocurrió comentar que todos se habían mimetizado con la cultura pop al observar que todos lucían en sus solapas un emblema, algo kirsch por cierto, semejante. Tuve la fortuna de que, desde la mesa de al lado, un silencioso parroquiano me sacó de mi error.
Casi sin dirigirme la mirada me informó que el broche común a todas las solapas simbolizaba una amapola. Representaba un homenaje a los caídos en la I Guerra Mundial que asoló Europa. Con tono monocorde me habló de que las amapolas fueron las primeras flores que adornaron los campos de Flandes después de las cruentas batallas que tuvieron lugar en ellos. El armisticio que puso fin a la masacre más grandiosa en suelo continental se firmó a las 11 de la mañana del día 11 del undécimo mes en 1918.
“Los supervivientes nunca olvidaron a los muertos” añadió y creí percibir algo parecido a la emoción en sus palabras. Gracias al desconocido parroquiano descubrí en qué consistía el llamado Poppy Day que culmina la Poppy Week. El Día de la Amapola que cierra la Semana de la Amapola. Me pareció una historia preciosa entonces y me lo sigue pareciendo ahora. Cada vez más. España permaneció neutral en aquel conflicto y se benefició de ello. No lo digo como excusa para mi ignorancia. Por cierto, Eduardo Mendoza nos ha descrito con humor la Barcelona de entonces con su corte de espías y traficantes de armas.
Recordé la anécdota del bar porque un conocido periodista que presenta un telediario nocturno en un canal autonómico se colocó en su chaqueta un emblema de The Poppy Week. Expliqué entonces a mi familia el valor de una sociedad que no olvida a sus muertos entregados al fragor de batallas impías. Y les hablé de un bar y una explicación sobre las hermosas amapolas que simbolizan la paz. Me hubiera gustado contárselo también al comentarista del partido de fútbol entre el Manchester City y el Arsenal que se sorprendió del minuto de silencio que se guardó antes del comienzo de encuentro. No supo a qué se debía tan sobrecogedor enmudecimiento colectivo de los hinchas británicos. En las camisetas de los jugadores se adivinaba una amapola.