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 Bienvenido(a) a Club de Perplejos
 03/10/10 @ 07:13 PM CET

EL LARGO ADIÓS

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        En algún lugar de la memoria debe figurar la última ocasión en que degusté un gimlet. Hace casi treinta años no faltaba en casa el jugo de lima ni el amigo con el que compartir algún que otro trago largo en homenaje a nuestros personajes favoritos de la novela negra. Pero ese tiempo ya pasó, como tantos otros, y de aquellos momentos no queda sino un tenue y amable recuerdo, algo borroso. Como si la coctelera, las mondas de limón y la ginebra no fuesen más que el resultado de un sueño. De entre el rosario de imágenes he rescatado el título de una de las, a mi juicio, mejores novelas de mi admirado Raymond Chandler. Espero que sirva de guía en este largo adiós.
 
        Creo que ha llegado el momento de concederme unas largas, muy largas, vacaciones en la desinteresada tarea de renovar semanalmente los textos de Club de Perplejos. Creía que sería suficiente con unos medidos paréntesis para renovar fuerzas pero me he equivocado. Los designios de razón y corazón chocan a veces con un escenario que camuflamos en nuestra mente con la vana esperanza de ocultar el conflicto entre la realidad y el deseo, con permiso de Luis Cernuda. Es entonces, creo, cuando conviene evocar el último poema de Maiakovski: “Como suele decirse/ el incidente ha concluido”.
 
        Cuando cometo un error o descubro que me he equivocado no me queda más alternativa que cambiar de opinión e intentar, en la medida de mis posibilidades, recabar las causas de mi desacierto. Persistir en el yerro por una contumacia estética o vanidosa no forma parte de mi equipaje. La vida es como es y no me queda otra ruta que elegir en libertad mis propios caminos. Si he caminado por uno sin salida o paseo por un laberinto de espejos opacos he de abandonar el sendero, volver sobre mis pasos y, si los dioses se apiadan, emprender una nueva singladura.
 
        No me agradaría que este largo adiós fuese definitivo. La experiencia de mis tentativas por abandonar toda suerte de vicios y costumbres me ha enseñado que los propósitos y sensaciones están cargados de trampas. Celadas en las que, gracias a mi incoherencia y ausencia de tesón y disciplina, caigo con excesiva frecuencia. Los ex fumadores sabemos de motu proprio que siempre existe un cigarrillo que nos tentará con la promesa de no recaer en el pecado.

        Por ello no descarto volver a estas páginas en algún momento, quizá en un grito o un espasmo. Pero quedo liberado de la dictadura de la renovación semanal, del sentarme cada día con la obligación del artículo diario. Casi 800 artículos han supuesto una razonable sentencia que he cumplido con ilusión y alegría y solo ampliaría la condena en caso de persistir ambas sensaciones. Nada es posible fuera del amor sin una sonrisa. Quizá haya llegado el momento de desplazarme a Granada e invitar a un gimlet al viejo amigo con el que compartí el último trago antes de que él, a su manera, emprendiese su particular largo adiós.


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